Tengo 36 años y llevo sintiéndome mal con mi cuerpo desde hace 9 años que tuve a mi hijo mayor.

Yo siempre he sido muy delgada, he sido bailarina profesional y por ello me dedicaba en cuerpo y alma a mi físico, pero cuando me quedé embarazada de mi hijo mayor, con apenas 25 años dejé el deporte por completo y no me cuidé nada. Engordé 23,700 kilos en total y cuando lo tuve, mi tripa se había quedado como un globo desinflado.

Hice ejercicios y dieta después, pero nada me hacía bajar los 8 kilos de regalo y mi piel no respondía ni a tratamientos como la presoterapia, cavitación, masajes… Además poco a poco comencé a sufrir de unos dolores de espalda tremendos, a la altura de las lumbares. En ocasiones esos dolores me impedían hacer mi vida diaria.

Sufría de una pequeña incontinencia urinaria y cuando saltaba sentía que me hacía pipí encima…

Cuando mi peque tenía 2 años consulté a mi cirujano plástico, que ya le conocía de un aumento de pecho en años anteriores y él me dijo que francamente mi tripa nunca se vería igual si no pasaba por quirófano porque tenía mucha piel sobrante y una grasa muy adherida. Pero me aconsejó esperar a tener claro que no quería más hijos, para asegurar un buen resultado de por vida.

Mi doctor se llama José María Díaz Torres, en Madrid. 

Finalmente, estas últimas navidades, aprovechando mi viaje a España, me puse en sus manos y me hice una abdominoplastia. El opera en la Clínica San Francisco de Asís y la verdad es que ha sido la mejor decisión de mi vida.

Tenía diástasis abdominal, no demasiado grande pero lo suficiente para que funcionalmente mi cuerpo no estuviera bien, además de, por supuesto, un mayor diámetro de mi cintura y unos problemas psicológicos bastante importantes, pues me incapacitaba para disfrutar del verano, de mi pareja y de cualquier actividad cotidiana que conllevase vestirme sexy o que mi marido me agarrase por la cintura. 

La clínica la verdad que como ya la conocía de la operación del pecho, sabía lo que era. Ingresé un lunes a las 8 de la mañana y a medio día me desperté en mi habitación. Debo de decir, que iba súper asustada, más incluso que cuando me operé del pecho, pero por todo lo que esta operación significaba para mi.

Lo que marcó la diferencia fue el equipo médico. El anestesista con el que trabajo el doctor Díaz Torres es una persona maravillosa que ya solo con su tono de voz te transmite una serenidad impresionante. Dormí una noche en la clínica y el martes por la mañana, cuando el doctor y la enfermera pasaron a verme y a retirarme los dos drenajes, me ayudaron a levantarme para poco a poco empezar a moverme. 

Estuve enfajada las 24 horas del día 7 días. El 8° día me quitaron la mitad de los puntos y volvieron a enfajarme, pero ya me pude ver… algo que impresiona MUCHÍSIMO las primeras veces. 

A los 27 días de la operación me quitaron los puntos restantes y ya pude comenzar a quitarme la faja para dormir. A día de hoy, habiendo ya cumplido los 5 meses de operada, sigo algo inflamada en algunos puntos concretos, pero soy feliz poniéndome camisetas ajustadas, sintiéndome libre cuando mi esposo me agarra de la cintura y sintiéndome bien conmigo misma, además de haber podido saltar a la comba nuevamente sin tener que salir corriendo al baño. 

Deja un comentario